¿Volverás Señor?

Juan Manuel Sayago

La historia de las jóvenes necias y prudentes con su falta del aceite en la espera del Novio nos transmite cuál es la actitud del verdadero creyente: la espera confiada y activa de y en Dios. Así, la vigilancia cristiana es el modo de espera creyente.

El velar y perseverar con esperanza en los peores momentos de la vida, cuando muchas veces es literalmente de noche, es la actitud del prudente; y no estar preparados para cuando llegue “la hora” es lo propio del necio.

También, tradicionalmente se ha visto en el significado del aceite, al hombre en la hora de su muerte, lo que ha preparado y su disponibilidad frente a su final; y que una vez llegado ese momento ya no se puede volver atrás para procurarse en algún sitio la disponibilidad necesaria que debió prever en toda su vida.

De modo concreto, esto es lo que significa estar siempre a la espera de Cristo, de su venida a nuestras vidas. Y por contrapartida, no hay que ser necio, o sea, imprudente, viviendo como si ese momento no llegara nunca.

Y entonces ¿cómo mantener vivo el espíritu del inicio de conversión? ¿cómo estar despiertos a los signos de Dios en la vida? ¿cómo no dejar que la fe se apague? El desencanto, la desesperanza y la tentación de resignación puede ir carcomiendo esa ferviente espera en nosotros. Entonces el acto de encender las lámparas en la oscuridad es la misma esperanza frente a las dificultades. Y será el aceite esa actitud vigilante, atenta y previsora a la venida.

Por ello tiene sentido el encender cada domingo en la Eucaristía nuestra fe rumiando sus palabras y comulgando vitalmente con él.

“Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora”. ¡No se duerman! por qué el Señor ya viene.

 


DOMINGO XXXII ORDINARIO

12 de Noviembre del 2017

“Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora”

Sab 6, 13-17: “Encuentran la sabiduría los que la buscan”

La sabiduría es radiante y no se marchita, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean.

Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta.

Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado para otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.


Sal 63, 2-3.5-7: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, sedienta, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.


1Tes 4, 12-18: “A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él”

Hermanos, no queremos que ustedes ignoren la suerte de los difuntos para que no se aflijan como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con Él.

Les decimos esto basados en la palabra del Señor. Los que quedemos vivos hasta la venida del Señor no tendremos ventaja sobre los que han muerto. Pues Él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor.

Consuélense, pues, mutuamente con estas palabras.


Mt 25, 1-13: “Que llega el esposo, salgan a recibirlo”.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

— «Se parecerá el Reino de los Cielos a diez muchachas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al novio.  Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes.

Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes llevaron consigo frascos de aceite con las lámparas.

El novio tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A media noche se oyó una voz: “¡Ya viene el novio, salgan a recibirlo!”.

Entonces se despertaron todas aquellas muchachas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dennos un poco de su aceite porque nuestras lámparas se están apagando”.

Pero las prudentes contestaron: “No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras, mejor es que vayan a la tienda y lo compren”.

Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y sé cerró la puerta.

Más tarde llegaron también las otras muchachas, diciendo: “Señor, Señor, ábrenos”. Pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.

Por tanto, estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora».

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